El misterio de Agca

Mayo 13, 2008

Tal día como hoy hace 27 años Karol Wojtyła, más conocido como Juan Pablo II, fue disparado en la plaza de San pedro del Vaticano, ante el desconcierto de miles de fieles.

Una de las sensaciones más gratificantes que conozco es la de contemplar lugares grandiosos. No todo lo grande es grandioso ni todo lo grandioso tiene porque ser necesariamente grande. Considero grandioso aquello que es capaz de lograr que me sienta tan pequeño como lo que soy, un muñeco de trapo.

Un buen ejemplo de grandiosidad lo tenemos en el mar. Podría estar una eternidad observándolo desde cualquier roca donde pudiera escuchar la música de fondo que emana de sus aguas.

Durante mi fugaz visita a Palma en 1981, tuve la suerte de dormir durante más de un mes en un balcón con vistas al mar. En ocasiones, un hombre joven, de complexión atlética, sutiles rasgos árabes y un talante de seguridad en si mismo se sentaba en la misma roca cada noche y se quedaba observando la sugerente perspectiva durante horas. Aunque la curiosidad no es un dato propio de un muñeco de trapo mi mente no dejaba de bombardear con miles de preguntas ¿En que estaría pensando aquel hombre?, ¿tendrá problemas sentimentales?, ¿será un poeta conocido? ¿un escritor quizás?… y un sin fin de suposiciones banales.

Un mes más tarde, el destino me llevó a otro escenario muy distinto, pero igualmente grandioso: la Plaza de San Pedro del Vaticano en Roma. Era la primera vez que visitaba este lugar. Un sólo vistazo es suficiente para quedar sin palabras ante la magnitud de todos sus monumentos, la inmensidad de sus columnas y la armonía de una desproporcionada estructura arquitectónica.

La plaza se viste de gala siempre que recibe la visita oficial del Papa ante la expectación miles de creyentes y curiosos como yo. El 13 de mayo del 81 presencié una de aquellas visitas desde una posición privilegiada que no voy a detallar por no alargar esta historia. Todo marchaba de maravilla y yo estaba disfrutando porque me gusta ver rostros rebosantes de felicidad y alegría. En tan solo un instante, el clamor de la gente se convirtió en silencio … Juan Pablo II acababa de ser disparado en el abdomen por un terrorista Turco. Aquel silencio se transformó en furia y la furia dio paso a la incertidumbre y al llanto.

Mientras todo el mundo ponía sus ojos en el padre malherido, los míos se clavaron en la persona que llevaba el arma cuya misión no era otra que matar. No imagináis cual fue mi sorpresa al ver que el hombre que acababa de disparar era aquel pensador de mirada perdida hacia el mar que un mes antes había estado observando desde mi balcón de palma. Seguidamente dirigió el revolver hacia su pecho e intentó disparar en varias ocasiones. El arma falló, Su hora no había llegado. Como tampoco había llegado la de Juan Pablo II, que milagrosamente salvó la vida gracias a la rápida intervención del equipo médico. En el bolsillo del personaje en cuestión encontraron una nota que decía “Yo, Agca, he matado al Papa para que el mundo pueda saber que hay miles de víctimas del imperialismo”, lo que hace pensar que Satanás fracasó en el Vaticano de forma misteriosa.

El responsable del atentado responde al nombre de Alí Agca. Hoy en día, y hasta el 18 de enero de 2014, cumple condena en Turquía por el asesinato de un periodista liberal llevado a cabo mucho antes de todo esto. El Papa le dio el perdón públicamente e incluso fue a visitarle a la cárcel donde tuvieron una conversación confidencial de más de 15 minutos. No voy a entrar a valorar la misericordia humana, o en este caso tal vez divina, ya que soy un muñeco de trapo, pero cuando veía las imágenes del Papa y Agca hablando, no podía dejar de pensar en que opinaría de eso la familia del periodista asesinado por este mismo hombre.

Han pasado los años y son muchas las especulaciones que podido escuchar en torno al terrorista: que es un predestinado para obrar uno de los tres milagros de la Virgen de Fátima, que recibió la ayuda de gente muy cercana al Vaticano para cometer el atentado; se le ha llamado sicótico, marioneta, terrorista, etc. Lo cierto es que, a día de hoy, se desconoce a ciencia cierta porque intentó asesinar al Papa. Cuando Juan Pablo II murió, Agca pidió ir a su funeral mediante una carta que firmó como “Agca, el servidor del Mesías”.

¿Que hacia aquel hombre mirando el mar cada noche? hoy lo sé, gracias al libro “Mehmet Ali Agca. Mi verdad”, publicado por la periodista Anna Maria Turi y que pone en boca de Agca lo siguiente: “Pensar, meditar, mil veces en dos semanas, sea de día, en medio de la naturaleza, al lado del mar, sea en el silencio de la noche, para decidir finalmente qué hacer con el proyecto de atentado” ¡Que cierto es cuando afirman que las apareciencias engañan! ni escritor, ni poeta, aquellos ojos que daban la impresión de soñar estaban planeando matar al Papa.

Tal día como hoy hace 135 años el Padre Damián llega a Kalaupapa, ciudad Hawaiana donde aislaron a todos los leprosos para evitar su contagio y se presentó diciendo: “Llego a vivir y morir como vosotros”

El Sacerdote y Padre Damián en la isla de Molokai.

Imagen: Wikipedia

La vida en Kaunakakai era muy tranquila, con sus casas de madera y su gente, que se reunía todas las tardes para chismorrear bajo el omnipresente sol, culpable de los 25º de temperatura que marcan sus termómetros durante todo el año. No os puedo contar mucho de la familia que me rescató de las frías aguas del océano pacifico puesto que hablaban hawaiano nativo, y aunque he podido aprender muchas lenguas a lo largo de mi vida esa no. Eran 9 hermanos y su madre; todos, incluso el pequeño, con 9 años, trabajaban en el puerto, en la plantación de piñas. Su padre era pescador y creen que murió en un día de marea alta. Estuvieron más de seis meses con la esperanza de que algún día volvería sano y salvo, pero nunca apareció, ni él ni su barco.

En poco tiempo la situación en aquel pueblo comenzó a cambiar. La lepra era un enemigo invencible que estaba acechando en cualquier esquina. La gente no se atrevía a salir de sus casas por miedo de ser contagiados; todo empeoró cuando Kamehameha, rey de Hawai, decidió aislar a los enfermos de lepra en una isla llamada Kalaupapa separada del resto por unos acantilados de 1.010 metros de altitud, unos de los más altos del mundo.

La supervivencia, por tanto, pasaba por aparentar que físicamente estaban perfectamente, porque ir a aquella villa significaba morir como un perro. Esta situación me ha hecho ver tanto escenas dramáticamente conmovedoras como historias amargamente trágicas.

Tres de los nueve hermanos andaban jugando conmigo y su vecino, yo probablemente era el único muñeco de trapo que existía en aquel entonces en la isla, y por tanto, un capricho para estos niños de 9 y 11 años. De pronto les interrumpió su hermano mayor y no sé que les dijo que los niños fueron inmediatamente hacia el puerto. Cuando me quise dar cuenta estaba tirado en un sitio oscuro junto al hermano pequeño y una multitud de personas. Por el movimiento del habitáculo supe que estábamos en el mar, por lo que me temí lo peor.

Al cabo de de unas horas recibí la confirmación a mis peores presagios y el barco nos arrojó cual desperdicios humanos al lugar que, a partir de ese día, se convertiría en nuestro nuevo hogar. Efectivamente, se trataba del municipio de Kalaupapa, lugar designado para aislar a los leprosos del resto de mortales.

Todos habían escuchado cosas terribles de este sitio conocido como la “colmena de la muerte”, pero pronto comprobaron que todo lo que se decía eran puras especulaciones: la realidad era muchísimo peor. Aquello era una ciudad sin ley donde la muerte estaba por todas partes. Todos sabían que su cuerpo se pudriría a medida que avanzaba su enfermedad y que tarde o temprano tendrían una agonía lenta, triste y en la más absoluta soledad. En la colmena de la muerte no existían palabras como amor o amistad, las mujeres eran continuamente violadas, en ocasiones los borrachos arrancaban una risa matando y vejando a otros moribundos, mirases donde mirases habían cadáveres devorado por los perros salvajes… intentar no pensar en las condiciones en las que vivía aquella pobre gente era imposible, siempre estaba presente aquel olor a descomposición y muerte para recordártelo.

Un buen día, en una nueva remesa de leprosos, llegó un hombre que decía ser sacerdote y estar completamente sano. Aquel Belga de nacimiento llamado Josef de Veuster, afirmaba que llegaba a la isla porque nos amaba, venía para ayudarnos y para vivir y morir como nosotros. Pido disculpas si al narrar la historia utilizo la primera persona, como si yo fuera uno de aquellos hombres con lepra, pero he vivido tantas cosas con las personas, que la mayoría de las veces me siento como uno más y olvido que solo soy un muñeco de trapo.

Las palabras de aquel hombre, conocido como el Padre Damián, chocaban mucho, la gente no estaba acostumbrada a oír hablar de “esperanza”, cosa que, por otra parte, necesitábamos como el comer. En un principio, algunos le consideraban un farsante y otros se reían de él, incluso hubo quienes intentaron atacarle, pero poco a poco, todos fueron contagiándose de su fe y sus ganas de vivir. Aunque la situación era prácticamente la misma, este hombre logró cambiar la mentalidad de toda una comunidad.

Bajo su liderazgo se empezó a limpiar el lugar de cadáveres, se reestablecieron unas normas básicas de convivencia, comenzaron a pintar todas las granjas, algunas incluso, se convirtieron en escuelas para niños y adultos; tambien se levantó una iglesia donde todos se reunían para rezar y a los más enfermos se le dedicaba una atención primaria, por no mencionar a los moribundos terminales que ya no morían solos. Esto me dio otra visión de la humanidad, me hizo comprender el increíble potencial que poseen los seres humanos. En cuestión de un año la ciudad era otra, parece mentira que un sólo hombre haya sido capaz de llevar a cabo un cambio tan inmenso. Obviamente, el panorama seguía siendo terriblemente desesperanzador y la delincuencia seguía viva en aquella comunidad, pero la situación había mejorado en un porcentaje altísimo, cosa que anteriormente parecía completamente impensable. Pronto los países de Europa y Estados Unidos hicieron eco de su heroicidad y reunieron una gran cantidad de dinero para la ayuda humanitaria en Kaloupapa.

Como era de esperar el padre Damián se contagió de lepra y un 15 de abril del 1889 murió, después de haber rechazado en numerosas ocasiones volver a la “civilización” para recibir atención sanitaria especializada. Tras 16 años en la villa del horror, el padre de los marginados y moribundos había fallecido, no sin antes planificar la continuación de su programa para cuando el no estuviera.

Hoy en día la iglesia católica celebra el día 10 de mayo en conmemoración al padre Damián. El Belga más importante de todos los tiempos fue beatificado en 1995 y actualmente, se encuentra en proceso de canonización; aunque en mi opinión todas las “medallas” que se le puedan poner es tan solo una anécdota religiosa para recordar a un hombre que recuerdo como un Dios, por mucho que los católicos llamen a eso sacrilegio.

Es triste que, hoy en día, si preguntamos a muchos que es lo que conocen del padre Damián, más de uno respondería que ese es el de la canción del chiki chiki, que dice textualmente: “En el velatorio del padre Damián pusieron Chiki-Chiki, y el muerto echo a bailar bailar, bailar”… Será que lleva razón Woody Allen cuando afirma que la comedia es igual a la tragedia por el tiempo, es decir, un hecho trágico se convierte en comedia cuando pasa el tiempo suficiente.

Tal día como hoy hace 63 años la Alemania Nazi firma la rendición incondicional con lo que se pone fin a la Segunda Guerra Mundial en la que murio más del 2% de la población mundial. Comienza una nueva era para Europa.

No puedo hablar de la Segunda Guerra Mundial sin relatar una de las historias más terribles que he conocido. Llevaba menos de un año en el municipio de Sumida-Ku, al este de Tokio. La situación entonces no era fácil, el número de muertos como consecuencia de la guerra seguía en aumento y cada vez era más difícil conseguir algo de alimento para subsistir.

Recuerdo con mucho cariño nuestra casa de papel, aquel atardecer era de una belleza descomunal, la luz se filtraba creando en la casa un extraño romanticismo, pero la magia no estaba en la casa sino en los ojos de NA, una niña de 8 años que tuvo la desgracia de haber nacido en una época difícil. Solo contaba con el apoyo de su madre, Kaede, que vivía desbordaba y cada vez más enloquecida por la crisis, pero eso no le impedía tener una de las sonrisas más bonitas que jamás he visto en una niña. NA siempre me contaba todo, no paraba de hablarme, porque creía que yo era la reencarnación de su padre. Tenía sentido teniendo en cuenta que me encontró en un callejón el mismo día que este, combatiente nipón, falleció ejerciendo de kamikaze durante un combate por lealtad al emperador. Yo no podía entender porqué era considerado un héroe en aquel barrio si aquel hombre había destrozado la vida de su familia, matando a su vez a miles de personas que todos consideraban enemigos.

La noche del 3 de Marzo de 1945 dormía en los brazos de NA cuando un ruido ensordecedor hizo temblar toda la ciudad, en el cielo los bombarderos estadounidenses dibujaban la palabra “venganza”. Kaede entro a la habitación, cogió a su niña mientras esta me agarraba con fuerza y con lo puesto salimos a la calle y comenzó nuestra huída… ¿hacia donde? no lo sé, probablemente ni la madre de NA lo sabía, pero la mayoria de gente hizo lo mismo. Estuvimos corriendo durante 15 minutos, dudo que era más terrible si las explosiones que se sucedían de manera continua o el desesperado llanto de toda esa gente. NA lloraba amargamente, cerraba los ojos y con la voz entrecortaba presa del pánico me gritaba: - ¡papá ayúdame!. Si existe el infierno debe ser muy parecido al panorama que pude ver aquella fatídica noche.

El cielo primero era rojo del color de las llamas y de la sangre; pronto ni siquiera había cielo, el aire se fue cargando hasta que llegó un momento que todo era del color del humo y de la ceniza. Todo sucedía rápido aunque si los supervivientes rompieran la ley del silencio dirían que duró una eternidad. Cada vez había menos gente corriendo y menos gritos, cada vez más cuerpos en el suelo y calcinados.

De pronto, cuando el aire era prácticamente irespirable sucedió el peor de nuestros presagios. Una nueva explosión cayó muy cerca de nosotros tres e hizo que saltáramos por los aires. Caí boca arriba, sentí algo parecido a lo que llamáis impotencia, en ese momento hubiera dado cualquier cosa por no ser un muñeco de trapo y poder levantarme para ayudar a mi pequeña NA. Ser quien soy me condenó a contemplar el bombardeo durante las dos horas que duró y me castigó a no volver a acurrucarme en los brazos de aquella niña de ojitos rasgados…

Evidentemente, no he vuelto a saber nada de ellas. Durante mucho tiempo estuve pensando que lo mejor era que madre e hija hubieran fallecido después de aquel impacto antes de haberlo hecho por asfixia. La probabilidad de supervivencia era muy baja, pero en alguna parte de mi ser queda la esperanza de que se hubiera producido un milagro, y hoy, NA sea una mujer madura que ha tenido la posibilidad de disfrutar de todas aquellas cosas que le arrabataron durante su infancia, como consecuencia de una guerra que no era suya.

Tokio quedo sumida en el caos, aquellas dos horas de infierno Dantesco mató 83.783 personas más miles de desaparecidos según la policía metropolitana de Japón; dato superior al de la bomba atómica que aniquiló Nagasaki. En muchos países se hablaba de “éxito rotundo”, “victoria”, “motivo de celebración”… no entiendo como con algo tan terrible se puede hablar de éxito… lo peor de todo es que han pasado los años y si preguntamos a los libros de textos ¿quien ganó la segunda guerra mundial? te dan una respuesta cerrada. Supongo que tendría que dejar de ser un muñeco de trapo para entenderlo, mientras eso no ocurra seguiré pensando que el único perdedor fue el ser humano independientemente de su país, sexo, raza o religión y lo que perdió es lo único que le hace diferente de los animales: su condición de humano. Ante tanta frivolidad he llegado a pensar que las personas son asesinas por naturaleza, lo único que necesitan son motivos.

Habemus Torre Eiffel

Mayo 6, 2008

Tal día como hoy hace 119 años la Torre Eiffel fue abierta al público en la “Exposición Universal de París” feria que tenía como finalidad recordar al mundo entero el centenario de la Revolución Francesa.


Esta imagen muestra construcción de evolución de la Torre Eiffel

Imagen: Commons Wikimedia

No recuerdo muy bien como fui a parar a la capital francesa. Solo recuerdo que estaba adornando el vestidor de una casa céntrica de París cuyos dueños eran Pierrot y Madeleine, el típico matrimonio de la época que vivía por encima de sus posibilidades. Daba gracias a Dios por encontrarme en una de las ciudades más modernas y mejor preparadas del momento gracias a la excelente labor arquitectónica de Napoleón III.

Ella era como una muñeca de porcelana, si existe alguien que haya probado la pócima de la eterna juventud esa es Madeleine. Su piel parecía de seda y su rostro era tan blanco como su alma. No era feliz, hacia tiempo que dejó de sentir esa sensación de bienestar cuando dormía junto a su marido; sin embargo, era muy católica y su fidelidad a Dios le hacia capaz de reprimir sus instintos que le imploraban atentar contra su matrinonio. Pierrot, por su parte era un amante del protocolo y todo un maestro en el arte de aparentar. Uno de sus mayores placeres era el de colarse en todas las fiestas de clase alta. Su personalidad fuerte y su talante de seguridad le ayudó a codearse con gente muy poderosa.

En una de las mencionadas fiestas, un conocido ingeniero le digo a Pierrot que un colega suyo Alexandre Gustave Eiffel había presentado un proyecto de construcción de una torre de dimensiones descomunales para una feria que se celebraría en Barcelona. No volví a escucharles comentar nada al respecto, pero meses más tarde me enteré que los responsables del ayuntamiento catalán habían rechazado el proyecto al considerarlo excesivamente caro, además de una construcción extraña que no encajaría en la ciudad condal.

Años más tarde, Pierrot entró en la habitación, y vino hacia mí con un palo y una cuerda en la mano. Tengo que reconocer que aunque soy un muñeco de trapo pude sentir algo parecido al miedo, el mismo miedo que pude ver en sus ojos cargados de ira. A continuación me ató al palo, me puso un casco minero en la cabeza y salió a la calle llevándome desde la base del palo que me ataba como si yo fuera una bandera. Pronto nos encontramos con una multitud enfurecida que pronosticaba que la torre provocaría una catástrofe y reivindicaba que no alcanzara los 350 metros. Pronto lo comprendí, aquella torre que rechazaron en Barcelona había recibido la aprobación de la ciudad parisina. Todo empezaba a tener sentido, la gente temía que algo tan alto, sin piedras que mantuvieran la estructura, podría derrumbarse incluso antes de que terminase la feria para la cual fue construida.

Era la primera vez que participaba de forma activa en una manifestación que terminase con resultado positivo. Tras unos días duros de manifestaciones en los que me convertí en una atracción de feria, se lograron cambiar los planes y reducir en 50 metros la altura del monumento, no obstante seguía tratándose del monumento más alto del mundo por aquel entonces.

En una de las cargas que tuvieron lugar durante la manifestación, Pierrot me tiró contra la guardia como si de una lanza se tratase; esa fue la última imagen que tengo de el. Mientras volaba rumbo hacia aquel charco de barro supe que mi ciclo con esta familia había terminado, de nuevo me tocaba esperar que otra mano amiga me rescatara y volviera a rediseñar mi futuro.

Al cabo del tiempo y después de haber pasado por unas cuantas manos en los suburbios parisinos, llegó el día señalado. El 6 de mayo de 1889 la torre Eiffel fue abierta al público ante el asombro y el orgullo de miles de franceses. Y allí estaba yo, empequeñecido entre aquella multitud, sin dejar de pensar en que me parecía un auténtico crimen desmontar aquella maravilla cuando terminase la feria.

Parece que no fui el único que tuvo ese pensamiento, y una vez más Francia escucho la petición popular de su pueblo que indultó aquel “gigante de hierro forjado”. Gracias a eso hoy en día es el momento más visitado del mundo y su mirador situado en la parte de arriba ofrece un de las vistas mas impresionantes de esta romántica ciudad europea.

Han pasado muchos años y he seguido muy de cerca toda la historia de la Torre Eiffel. Aunque hoy brilla incluso en la noche gracias a las luces nocturnas que van cambiando constantemente, hubo un día, durante la primera década del siglo XX, en que el mismo pueblo que le dio la gloria quiso quitársela y el gobierno ordenó de su demolición. Por suerte, la antena de la parte superior les venía muy bien de cara a la primera guerra mundial, razón por la que no se ejecutó dicha orden.

Me pregunto que hubiera ocurrido si Barcelona hubiera llevado a cabo el profecto Eiffel: ¿Hubiera sido destruida al finalizar la feria?, ¿Sería la Torre Eiffel el simbolo Español por excelencia?, ¿Sería en estos momentos Barcelona la capital de España?, ¿hubiera dotado a la ciudad condal de un potencial económico que le ayudasen a lograr sus objetivos nacionalistas?…