Habemus Torre Eiffel

Tal día como hoy hace 119 años la Torre Eiffel fue abierta al público en la “Exposición Universal de París” feria que tenía como finalidad recordar al mundo entero el centenario de la Revolución Francesa.


Esta imagen muestra construcción de evolución de la Torre Eiffel

Imagen: Commons Wikimedia

No recuerdo muy bien como fui a parar a la capital francesa. Solo recuerdo que estaba adornando el vestidor de una casa céntrica de París cuyos dueños eran Pierrot y Madeleine, el típico matrimonio de la época que vivía por encima de sus posibilidades. Daba gracias a Dios por encontrarme en una de las ciudades más modernas y mejor preparadas del momento gracias a la excelente labor arquitectónica de Napoleón III.

Ella era como una muñeca de porcelana, si existe alguien que haya probado la pócima de la eterna juventud esa es Madeleine. Su piel parecía de seda y su rostro era tan blanco como su alma. No era feliz, hacia tiempo que dejó de sentir esa sensación de bienestar cuando dormía junto a su marido; sin embargo, era muy católica y su fidelidad a Dios le hacia capaz de reprimir sus instintos que le imploraban atentar contra su matrinonio. Pierrot, por su parte era un amante del protocolo y todo un maestro en el arte de aparentar. Uno de sus mayores placeres era el de colarse en todas las fiestas de clase alta. Su personalidad fuerte y su talante de seguridad le ayudó a codearse con gente muy poderosa.

En una de las mencionadas fiestas, un conocido ingeniero le digo a Pierrot que un colega suyo Alexandre Gustave Eiffel había presentado un proyecto de construcción de una torre de dimensiones descomunales para una feria que se celebraría en Barcelona. No volví a escucharles comentar nada al respecto, pero meses más tarde me enteré que los responsables del ayuntamiento catalán habían rechazado el proyecto al considerarlo excesivamente caro, además de una construcción extraña que no encajaría en la ciudad condal.

Años más tarde, Pierrot entró en la habitación, y vino hacia mí con un palo y una cuerda en la mano. Tengo que reconocer que aunque soy un muñeco de trapo pude sentir algo parecido al miedo, el mismo miedo que pude ver en sus ojos cargados de ira. A continuación me ató al palo, me puso un casco minero en la cabeza y salió a la calle llevándome desde la base del palo que me ataba como si yo fuera una bandera. Pronto nos encontramos con una multitud enfurecida que pronosticaba que la torre provocaría una catástrofe y reivindicaba que no alcanzara los 350 metros. Pronto lo comprendí, aquella torre que rechazaron en Barcelona había recibido la aprobación de la ciudad parisina. Todo empezaba a tener sentido, la gente temía que algo tan alto, sin piedras que mantuvieran la estructura, podría derrumbarse incluso antes de que terminase la feria para la cual fue construida.

Era la primera vez que participaba de forma activa en una manifestación que terminase con resultado positivo. Tras unos días duros de manifestaciones en los que me convertí en una atracción de feria, se lograron cambiar los planes y reducir en 50 metros la altura del monumento, no obstante seguía tratándose del monumento más alto del mundo por aquel entonces.

En una de las cargas que tuvieron lugar durante la manifestación, Pierrot me tiró contra la guardia como si de una lanza se tratase; esa fue la última imagen que tengo de el. Mientras volaba rumbo hacia aquel charco de barro supe que mi ciclo con esta familia había terminado, de nuevo me tocaba esperar que otra mano amiga me rescatara y volviera a rediseñar mi futuro.

Al cabo del tiempo y después de haber pasado por unas cuantas manos en los suburbios parisinos, llegó el día señalado. El 6 de mayo de 1889 la torre Eiffel fue abierta al público ante el asombro y el orgullo de miles de franceses. Y allí estaba yo, empequeñecido entre aquella multitud, sin dejar de pensar en que me parecía un auténtico crimen desmontar aquella maravilla cuando terminase la feria.

Parece que no fui el único que tuvo ese pensamiento, y una vez más Francia escucho la petición popular de su pueblo que indultó aquel “gigante de hierro forjado”. Gracias a eso hoy en día es el momento más visitado del mundo y su mirador situado en la parte de arriba ofrece un de las vistas mas impresionantes de esta romántica ciudad europea.

Han pasado muchos años y he seguido muy de cerca toda la historia de la Torre Eiffel. Aunque hoy brilla incluso en la noche gracias a las luces nocturnas que van cambiando constantemente, hubo un día, durante la primera década del siglo XX, en que el mismo pueblo que le dio la gloria quiso quitársela y el gobierno ordenó de su demolición. Por suerte, la antena de la parte superior les venía muy bien de cara a la primera guerra mundial, razón por la que no se ejecutó dicha orden.

Me pregunto que hubiera ocurrido si Barcelona hubiera llevado a cabo el profecto Eiffel: ¿Hubiera sido destruida al finalizar la feria?, ¿Sería la Torre Eiffel el simbolo Español por excelencia?, ¿Sería en estos momentos Barcelona la capital de España?, ¿hubiera dotado a la ciudad condal de un potencial económico que le ayudasen a lograr sus objetivos nacionalistas?…

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6 pensamientos en “Habemus Torre Eiffel

  1. Enhorabuena a mi Ángel por este nuevo blog sobre un muñeco de trapo.Se vive la historia y el muñequito ese me inspira ternura 🙂

  2. GA…anduve de paseo mirando tud vidrieras, muy bueno, las notas de excelencia.
    Felicitaciones.Regreso.
    Bienvenido a mi casa, un gusto recibirte.
    Cariños,
    Viviana

  3. Pingback: ¡¡¡Habemus Torre Eiffel!!!

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